Sólo la enfermedad pudo con el hombre que gobernó Cuba durante medio siglo

Fidel Castro, el hombre que condujo el destino de Cuba durante medio siglo con el anhelo de ganarse un lugar en la Historia, anunció hoy, a los 81 años y en medio de una grave enfermedad, que no puede permanecer en el cargo.

En la historiografía revolucionaria figura con mayúsculas la consigna que dio a conocer a Castro al mundo: “Condenadme, no me importa, la Historia me absolverá” , pronunciada en 1953 ante el tribunal que le condenó por el asalto al Cuartel Moncada, su primera acción armada contra la dictadura de Fulgencio Batista.
“Si tuviera que empezar de nuevo, enfilaría el mismo camino revolucionario. En modo alguno puedo darme por satisfecho del todo con lo alcanzado; siempre tendré la sensación de que pude hacerlo mejor” , confesó muchos años después al comandante sandinista nicaragüense Tomás Borge.
Ahora, ya jubilado por razones de salud, según dijo él mismo este martes en un mensaje publicado en la prensa oficial, los cubanos tienen la palabra sobre su legado y su papel en la Historia.
Hijo de emigrante gallego enriquecido a la sombra de las multinacionales norteamericanas en los años 30, Fidel Alejandro Castro Ruz pasó de los campos de Birán -pueblo de una pobre zona del oriente de Cuba-, donde nació el 13 de agosto de 1926, a codearse con los hijos de la burguesía en los mejores colegios de La Habana.
La severa educación recibida de su padre le influyó tanto, según sus biógrafos, como la religiosidad de su madre y sus años de estudio con los jesuitas en La Habana. Los jesuitas marcaron decisivamente su carácter antes de pasar a la Universidad, donde se forjó como líder estudiantil mientras concluía sus carrera de Derecho y comenzaba sus andanzas políticas.
Castro creó en Cuba un “comunismo caribe” con las recetas de Marx y Lenin, el legado de José Martí y una gran dosis de aportaciones propias, que dio como resultado un sistema único en el mundo.
El líder en el poder más antiguo de Occidente, con excepción de la Reina Isabel II, tuvo una larga lista de cargos: entre otros, presidente del Gobierno, de los Consejos de Estado y de Ministros, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y primer secretario del Partido Comunista de Cuba.
Aunque siempre negó que en Cuba existiera el culto a la personalidad, apuntan lo contrario el rosario de títulos que acumuló y la constante adulación de los medios oficiales y los altos funcionarios hacia su persona.
En la isla no hay estatuas de Castro, ni de ninguno de los héroes de la revolución vivos, pero los retratos de Fidel, y en menor grado de su hermano Raúl, cuelgan de despachos oficiales, empresas y hasta restaurantes.
Sus frases aparecen pintadas en muros y carteles por todo el país y son continuas las alusiones a sus discursos en los escasos medios de comunicación cubanos, todos estatales.
Ni Estados Unidos, su principal obsesión, ni sus enemigos internos, ni siquiera la caída del bloque soviético hace casi tres décadas, pudieron apartarle del poder durante más de 47 años.
Fue una grave enfermedad la que le obligó a delegar funciones en su hermano menor y segundo hombre del régimen, Raúl, el 31 de julio de 2006.
Arropado por un eficaz aparato de seguridad, Castro tejió una red de organizaciones de masas para vertebrar la sociedad cubana y mantener su modelo durante décadas.
Algunas de sus fórmulas habían sido probadas en otros países comunistas, pero otras fueron inventos genuinamente cubanos, como los Comités de Defensa de la Revolución -los “ojos y oídos” del régimen-, creados en la década de 1960 para vigilar los movimientos de los ciudadanos en cada vecindario.
Pero, más allá de esta compleja estructura, defensores y detractores coinciden en que su carisma y su habilidad política para transformar los fracasos en victorias fueron decisivos para la longevidad del sistema.
Fidel, el joven abogado que se enfrentó a Batista en una guerra desigual (1956-1959) , supo aprovechar el profundo descontento social generado por aquella dictadura y ganarse el apoyo popular.
País con muchas asignaturas pendientes y muy corta historia como Estado libre tras la independencia de España en 1898, Cuba encontró en Castro un caudillo que parecía capaz de darle una identidad, acabar con las desigualdades históricas y abrir la puerta del futuro.
Miles de cubanos le apoyaron desde el desembarco del yate “Granma” en 1956, celebraron su triunfo el 1 de enero 1959 y se entregaron incondicionalmente al proyecto revolucionario.
“Fifo” , “Caballo” , “Jefe” , “Comandante” , “Líder Máximo” , son sólo algunos de los nombres con los que se le conoce en Cuba.
Castro introdujo en la isla reformas sociales, educativas y sanitarias sin comparación en América Latina en la época y colocó a Cuba en la agenda internacional, mientras se afianzaba en el poder.
En vísperas de su rotunda victoria en Bahía de Cochinos, en 1961, declaró “socialista” la revolución y abrazó a la ahora desaparecida URSS para asegurar la subsistencia económica del país, mientras crecía su enfrentamiento con Washington.
Si un hombre se mide por la importancia de sus enemigos, Castro aspiró a lo más alto: medir a Cuba, de igual a igual, con EU.
Vio pasar por la Casa Blanca a diez presidentes y no cesó de criticar sus políticas.
El enfrentamiento con Washington y las campañas en Africa y Centroamérica distrajeron de los problemas cotidianos a los cubanos, que un día se despertaron con un país colapsado tras la caída del bloque soviético y sumergido en el llamado “periodo especial” , una economía de guerra en tiempos de paz que forzó a Castro a abrirse al turismo y al dólar.
A principios del siglo XXI, cuando parecía hundido y obligado a profundizar la apertura, encontró en el presidente venezolano, Hugo Chávez, un alumno aventajado dispuesto a utilizar su petróleo para ayudarle.
Pero ni siquiera el petróleo de Chávez pudo ayudarle a resolver los graves problemas del país, acumulados durante décadas, ni las desigualdades provocadas por las contradicciones de su modelo.

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