Libertad para Cuba

Por: Javier J. Feito es director de la Escuela del Deporte del Principado, en Avilés.

Cuba es el país de las pasiones encontradas entre caminos de tierra y metales reciclados; representa el mejor estilo de la supervivencia pura y dura, los que trabajan porque viven y los que no trabajan porque viven mejor; cada uno tiene un «hobby» que le da de comer. El socorrista de Varadero hace collares de coral que trapichea con los turistas, otros son improvisados guías turísticos a cambio de unos euros y las invitaciones por cuenta del turista. Cualquier regalo es bienvenido, porque para el que no tiene apenas nada lo poco es mucho.

No se habla del régimen político (ni en privado) porque las paredes tienen oídos y la Policía política siempre atenta, porque el silencio forma parte de la vida propia de las personas. Pero es curioso que todo el mundo tiene un algo dormido dentro de sí en contra del sistema dictatorial, es como un gigante dormido que se aplaca con la represión policial. Es la indignación que sufren día a día: por no poder viajar al extranjero, por necesitar una tarjeta de entrada en La Habana (si no son habaneros), por tener un trabajo del grupo A y no ganar más que 13 euros al mes, por carecer de los más elementales productos de higiene, porque en las casas no tienen agua corriente todos los días y menos caliente, por no tener acceso a internet ni a productos informáticos, porque los precios no se corresponden con los sueldos, porque existen zonas del país (Los Cayos) donde tienen prohibida la entrada los cubanos, porque llamar por teléfono fuera del país es prohibitivo, porque el licenciado en Historia es pinchadiscos y el médico gana más de camarero, porque la necesidad les agudiza el ingenio.

Castro no sigue como dictador de Cuba, lo hará otro secuaz que herede sus poderes. El movimiento revolucionario está asentado sobre una base firme, la gran mentira de Cuba desde hace casi medio siglo. El pueblo es firme, culto y aguerrido, luchador, sabio y amante de su patria, se sienten cubanos por encima de cualquier cosa y, sin embargo, la Revolución que les imponen se sustenta sobre la más infame mentira, medio siglo de mentiras, en un pueblo que pasa hambre y se siente libre, en un pueblo que, rico de espíritu, es pobre para luchar por su propia libertad, la de cada hombre y mujer que pasean por el Malecón pendientes del Estado policial, ciudadanos que quedan a expensas de un uniforme para ser libres ese día o no. ¡Cubanos, el pueblo no es la Revolución!, ¡cubanos, Cuba no es la Revolución! La Revolución es el mejor invento de cuatro militares que tomaron un país sumido en otra dictadura y en su mentira os hicieron creer que ellos eran los libertadores de la perla del Caribe, con la propaganda subliminal antiyanqui os hacen creer que todo cambia si sostienes la Revolución a costa del bloqueo. Es cierto que EE UU os tiene muchas ganas y cuando ganéis la ansiada libertad debéis administraros vosotros mismos, con vuestros médicos, ingenieros, abogados, profesores, economistas, mercaderes, trabajadores, todos.

El pueblo cubano grita la libertad en la sangre que corre por sus venas, pide libertad bailando salsa, cantando, es fiel a sí mismo y ya no se cree que la Revolución es el bien del pueblo y para el pueblo, el cubano sabe que unos pocos ostentan el poder y el resto pasa hambre todos los días del año, vive de la miseria de sus visitantes, de la estrategia de la palabra para camelar al turista novato o demasiado sensible para caminar por La Habana.

Cuba y su Revolución no son más que lo que palpas en sus calles; tres cuadras más adentro del Malecón, una madre ofrece a su hija como compañía; un «señor» que quizá fuera ingeniero, contando los adoquines del pasado, sentado en el borde de la puerta, con el pitillo apagado entre los labios, la mirada triste y perdida, clavada en la nada, sabiendo del mundo desde el silencio del escalón de su entradaÉ ¡Libertad para Cuba!

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