Cuba, un régimen difunto

Merodeando por las entrópicas calles de La Habana, se advierte el atinado verso de Lezama Lima sobre la condición insular cubana: “Donde la cifra empieza el desvarío”; y se ve también, como observara Eliseo Diego, que aquí “la luz forma otras paredes con el polvo”. Nunca como en este extraño impás, después de medio siglo, había vuelto a refulgir en toda su viveza potencial, tal que en su día, la esperanzada definición que diera sobre la Isla María Zambrano en “La Cuba secreta”: “La patria prenatal”, en la que todo estaría aún por alumbrar. Ni se había apreciado tan palmariamente que el centro de gravedad de la vida insular cubana se encuentra donde lo situara Juan Ramón Jiménez, al alimón con Lezama, en sus célebres “Coloquios”: en “la resaca marina”.

En efecto, desde el Malecón habanero, con olor a salitre flambeado –a frambuesa y pez espada-, parece reverberar ahora el eco de la conmovedora elegía que compusiera uno de los jóvenes grafómanos protagonistas de “Las palabras perdidas”, de Jesús Díaz: “Esta ciudad nació en la sal del puerto / y allí creció caliente, deschavada, / el sexo abierto al mar, / el clítoris guiando a los marinos / como un faro de luz en la bahía”. La voz declamatoria parece provenir de un atónito balsero que, de pronto, se virara con tremendo cuello de contorsionista, girando intermitente con el haz de luz del faro, intercambiando sin síntesis sus papeles de Ulises y Robinson.

A ojo de buen cubero, se ve que las puras abtracciones casan mal con este pueblo presentista y lúdico, pese a todo, como pocos. No en balde, del mismo modo que expresan, por ejemplo, “hace frialdad” para referirse a la baja temperatura, los cubanos emplean la palabra maldad con un sentido de concreción, en alusión a una flagrante acción malvada. En sintonía con el húmedo solajero, lo inmanente absorbe como una esponja cualquier retazo de abstracción, como si ésta se aplacara, cuerpo a cuerpo, con la ubicua expresión “¡Mira, ven acá!”. O bien, con endiablada sabiduría, lo trascendente y lo abstracto se disfruta aquí y ahora, se incorpora, se palpa y paladea, y después se bota ­como diría un sabio guajiro- “por donde se bota del cuerpo lo que sobre”.

Como ha expresado Antonio Benítez Rojo, en “La isla que se repite”, se trataría de un pueblo que hace de lo carnavalero y del caos más polícromo su razón de ser. Estos “no son un ocio compensatorio, como en otras sociedades, sino el corazón mismo de su sistema de representación cultural”, sostiene. “Cuba vive en lo qu e podríamos llamar un permanente “timelag”, algo así como un tiempo de nadie situado entre dos tiempos de alguien; una concentración de deseos paradójicos por virtud de los cuales el mundo se vuelve al revés y se convierte en un artefacto travestista”.

Ahora, ese “tiempo de nadie situado entre dos tiempos de alguien” parece tomar cuerpo. Un dicho cubano, aplicable al actual enrarecimiento del poder -entendido como “un artefacto travestista”-, dice: “Ese voló como Matías Pérez”; data de un tragicómico episodio de mediados del XIX, cuando el tal Matías Pérez, con ínfulas de pionero, adquirió en París el globo más grande y sofisticado del mundo, y ante la máxima expectación de la población de la Habana, partió hacia el cielo, y tanto se elevó que desapareció entre el escorzo de las nubes.

Lo recoge Samuel Feijóo en su libro “Mitología cubana”, un clásico de la etnografía insular, cuajado de leyendas, cuentos y anécdotas que muy bien podrían servir de parábolas del imaginario cubano actual. Es curioso cómo el diablo abandona ahí sus atributos tridentinos y ultraterranales, para adquirir, por ejemplo, la forma corporal de “una voluptuosa negrita”; o, más recurrente, la de un güajiro enfrascado en sus tareas agrícolas y con una extensa parentela de “cuñados del diablo” e ingente prole de diablitos que alimentar. En cualquier caso, el estereotipo dominante es el “compay diablo”, alguien próximo y terranal, y también los güijes o duendes, que aparecen barbados, beben ron y fuman habanos tan grandes como sus propios cuerpecillos…

Se muestran lascivos a las orillas de los ríos, pero también podrían desplazarse al Malecón para hacer de coro en el elegíaco poema de “Las palabras perdidas”, en el que se dice de la desmelenada Habana: “Se enamoró de la virtud como una puta, / pidió perdón hincada de rodillas, / y para expiar sus múltiples pecados / sacrificó sus congas, sus mentiras; / gritó pura y feliz hasta quedarse ronca / e hizo una cola larga, interminable”.

Otro viejo cuento sin desperdicio de la cultura popular cubana puede servir como ilustración en estas fechas de malabarismos y juego de espejos que se practica desde el poder cubano. Se titula “La fiesta de los perros” y da hermosa cuenta de por qué los perros acostumbran a olisquearse el ano los unos a los otros a poco que se encuentren. Ocurrió que, en cierta ocasión, se convocó en La Habana una fiesta sólo para canes y acudieron a ella (hipérbole obliga) “todos los perros del planeta”, desbordándose, por tanto, el aforo. Uno de los requisitos protocolarios de semejante encuentro era que, a la entrada, cada perro debía “zafarse el agujero del ano y dejarlo guindado en uno de los millones de clavos que había”, y ante la calentura y la estrechez del ambiente, los perros se enralaron y comenzaron a morderse unos a otros, hasta salir en estampida. Entonces, “en el corre corre más grande de perros que ha habido en el mundo corriendo a la puerta de salida, y en la desesperación, cada perro cogió el agujero de las nalgas primero que vio y fue así como se trabucaron los anos de los perros. Desde entonces, cada perro está buscando el ano suyo y por eso se lo huele al perro que se encuentra, a ver si por el olor conoce el suyo y se lo pone otra vez”. También es célebre entre los cubanos un dicho que alude a un círculo vicioso o situación kafkiana que nunca termina de arreglarse: “Eso está como la carabina de Ambrosio”. Según la explica Samuel Feijóo, la leyenda es que el tal Ambrosio, gran aficionado a la caza, tenía una hermosa mansión que un vecino le insistió en comprar. “De acuerdo, te la vendo, salvo el pequeño cuarto que está justo en el centro, donde guardaré mis instrumentos de caza”, accedió Ambrosio, quien, noche tras noche, no paraba de arreglar allí su siempre descompuesta carabina; entre tanto trajín y martillazos, ya harto de no poder conciliar el sueño, el nuevo propietario acabó por devolverle gratis la casa recién comprada. Es una buena parábola de los “provisionales” movimientos y proclamas del poder castrista, ahora retirado al cuarto del medio, con su nunca ultimada carabina.

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