Diez razones a favor de los viajes a Cuba

Por Ariel Hidalgo

Hasta 1978 fue el gobierno cubano el más renuente a permitir el regreso de los exiliados. Lo aceptó finalmente como un desafío, jactándose de la firmeza del llamado ”hombre nuevo”, y las consecuencias fueron traumáticas. Un peligroso ”virus” propagaban los labios de los visitantes para penetrar los oídos del pueblo y provocar síntomas alarmantes, pues tornaba a una población hasta entonces tranquila y conformista en inquieta y rebelde. Para detener aquel proceso inventaron una crisis diplomática que debía desembocar en un éxodo masivo. Pero las consecuencias fueron más allá de sus pronósticos. Los vecinos intentaban escapar por cualquier medio. Comenzó con más de diez mil, creció a más de cien mil y finalmente llegaron a contabilizarse aproximadamente dos millones de intenciones de posibles emigrantes. Y para detener aquella gran estampida, lanzaron a las calles turbas armadas de cabillas para golpear bajo soeces insultos, secuestrarlos durante horas de hostigamiento, allanar violentamente o sitiar sus viviendas, cortarles el agua y la corriente eléctrica por varios días sin importar que en su interior hubiese ancianos y niños. Todo con la mayor impunidad. Quienes vivieron aquellos terribles episodios saben que estoy diciendo la pura verdad.

Aquellos actos monstruosos golpearon las conciencias de muchos partidarios de aquel régimen. Algunos huyeron. No faltó quien se suicidara. Pero entre los que se quedaron se gestó una corriente de protesta pacífica imposible de atajar: el movimiento cívico y de derechos humanos.

Todo aquello fue, en gran medida, consecuencia de la política de distensión de una administración norteamericana paradójicamente repudiada por ese sector cubanoamericano que ahora promueve, apoya y aplaude una medida más de coerción a esos viajes con argumentos tan ridículos que ni siquiera merecen comentarios. Por el contrario, existen suficientes razones para considerar contraproducentes y absurdas las restricciones de viajes a Cuba, pero bastarían sólo diez:

• El derecho al libre movimiento de los ciudadanos y en particular el de regresar a su propio país está garantizado por el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobado por Naciones Unidas y por la Constitución de los Estados Unidos.

• Siendo la familia la célula de cualquier sociedad, sólo la reunificación familiar podrá mantener la unidad de la población cubana frente a los efectos divisivos del régimen totalitario.

• La razón humanitaria de los viajes sería por sí sola suficiente: el apoyo espiritual y material a familiares que sufren situaciones de precariedad muchas veces extremas.

• Las restricciones a los viajes terminan casi siempre afectando económicamente a los residentes del estado que los promulga, ya sea por verse obligados a viajar por terceros países con más gastos y mayores ganancias para el gobierno cubano por tener que utilizar Cubana de Aviación en vez de aviones charter, o incluso poner en peligro la existencia de agencias de viaje con aumentos del desempleo.

• El que va a Cuba transmite con su palabra e incluso con su acto de presencia un mensaje que estimula el ansia de libertad y prosperidad y una conciencia de derecho, algo igualmente válido para las visitas a la inversa, las de cubanos residentes en Cuba a familiares del exterior.

• Tanto los gastos como los obsequios del viajero entre la población, ya sea en paladares, taxis privados, comprando artesanías o simplemente ayudando monetariamente a familiares, contribuyen a romper el lazo de estrecha dependencia entre la ciudadanía y el estado, y como se sabe la independencia económica es condición indispensable para la independencia política.

• Todos los exiliados deseosos de influir en un cambio favorable para Cuba deben tener la mayor información sobre esa realidad interna para luego poder tomar las decisiones más acertadas, y esto se obtiene principalmente siendo testigos de primera mano y hablando directamente con gente del pueblo. Ese contacto es un acto milagroso que transfigura las perspectivas de quienes viajan por primera vez, como salidos de las aguas del Jordán en tiempos evangélicos.

• Una línea de acción mancomunada en pro del cambio entre los activistas de dentro y de fuera requiere la mayor comunicación posible y para ello se precisa fomentar la más amplia libertad de movimiento.

• Asumir el papel de represores del libre movimiento no es el mejor mensaje de solidaridad y libertad hacia la población del archipiélago, ni la mejor imagen a proyectar ante el mundo, y por tanto es preciso dejar ese impopular papel al gobierno cubano, que se verá atrapado en la disyuntiva de tener que permitir libremente los viajes o descaracterizarse como el verdadero represor por naturaleza.

• Las restricciones, impuestas durante muchos años, no han tenido resultado positivo alguno para el logro de una apertura democrática en Cuba. En cambio, fue evidente el inmediato efecto desestabilizador para el sistema totalitario de la liberalización de los viajes durante el período de la administración Carter.

Los políticos que continúan restringiendo viajes y remesas no se percatan de que los tiempos están cambiando y que con esas medidas ellos mismos están demoliendo sus torres de marfil. Un nuevo liderato, con visión de futuro, se levantará sobre sus escombros.

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